Café Nación

La larga y dura historia del teletrabajo

Ilustración: Café Caliente

La fatiga se ha asentado en la cuarentena. Entre las preocupaciones y precariedades que ha traído esta crisis, otro fenómeno que se esparce virulentamente es el cansancio y la desmotivación entre quienes se quedaron trabajando en casa. A medida que la cuarentena dejó de ser excepcionalidad y se volvió rutina se volvieron comunes las quejas de personas que sentían que estaban trabajando más horas que antes sin obtener resultados equivalentes. También los comentarios de quienes aseguraban que sentarse a trabajar les demandaba cada vez más esfuerzo. 

“Yo estaba acostumbrado a trabajar desde casa porque trabajo por prestación de servicios y no tengo que ir a la oficina. Pero en la cuarentena ha sido distinto. Hay semanas en las que me siento embotado, sin motivación, muy ligado a que el panorama no se ve nada bien. A veces no me rinde o me demoro mucho en concentrarme y termino trabajando hasta las 11 o 12 de noche cuando pude haber acabado a las siete”, dice Santiago, de 27 años.

Es un fenómeno generalizado, dice Jana Carvajal, psicóloga especializada en talento humano y en seguridad y salud en el trabajo. Ella misma lo ha visto entre sus colegas en la entidad pública de la que es empleada.  

“Hemos pasado por un proceso. Al principio había un temor terrible de trabajar en casa, la gente no quería y fue muy duro adaptarlos. Luego, cuando ya nos adaptamos y la economía empezó a abrirse por sectores, la gente ya no quería volver a la oficina. Hay mucho temor de que ahora estamos en el pico y muchos tienen hijos pequeños que siguen en la casa. Por eso prefieren seguir con el teletrabajo así estén vueltos nada en el escritorio”, asegura.

Las razones del cansancio pueden ser muchas y según Miryam Sosa, psicóloga organizacional y profesora de Psicología de la Universidad de los Andes, dependen también de las situaciones particulares de cada individuo.

“El cansancio se puede considerar normal por la cantidad de exigencias que estamos experimentando en cuarentena y que antes no teníamos. Pero la forma en que cada uno lo siente depende de nuestros factores internos, de nuestra personalidad y de los factores externos particulares. Una persona que tiene hijos lo siente distinto a alguien que no los tiene. Es distinto también si me quedé sin empleo o si acabo de terminar la universidad y ahora no sé qué va a ser de mi futuro laboral. Ahora imagínate el caso de una persona que dentro de su familia tenga a alguien contagiado por Covid. En cada caso hay una serie de tensiones que generan preocupaciones y que por supuesto alteran la estabilidad emocional”, afirma.

Pero hay otros factores que probablemente compartimos y que han dificultado el trabajo desde casa. Uno es que se hayan mezclado en el mismo espacio las actividades de relajación y de trabajo, dice Jana Carvajal. Esto ha alterado el esquema mental de muchos y su equilibrio emocional. También subraya como un elemento determinante la precariedad y la falta de planeación con la que muchos tuvieron que empezar a trabajar desde la casa.

“En muchos casos más que teletrabajo es trabajo en casa. Es importante diferenciar una cosa de la otra: el teletrabajo tiene unas condiciones específicas con criterios físicos y del tipo de trabajo. El teletrabajo te exige tener un espacio adecuado, las ARL hacen visitas domiciliarias para ver que efectivamente tengas las condiciones para trabajar. En este tema de la cuarentena que fue de un día para otro no hubo preparación para llevarnos el trabajo a la casa. Muchas personas tuvieron que organizarse un escritorio en el cuarto del hijo o en el comedor de la casa, que no es lo ideal. Eso genera cansancio físico y mental”, cuenta Carvajal.

Súmale a todo eso el estrés de las noticias y de no saber cuándo vamos a volver. Esa incertidumbre se manifiesta en el cansancio del cuerpo.

Otro factor que influye en el cansancio es la coordinación entre los equipos. La psicóloga explica que la cuarentena le cambió los ritmos de trabajo a todos al mismo tiempo y eso ha llevado a escenarios de desincronización entre colegas. El problema se acentúa, dice, cuando en los equipos de trabajo hay personas que no tienen el mismo desempeño laboral que sus compañeros y terminan cargando a otros con más trabajo. Y en el caso de las personas que ya estaban acostumbradas a trabajar desde casa y que con la cuarentena han sentido una fatiga distinta, Carvajal explica que la desaparición de ciertos espacios de encuentro también influye. Así lo ha sentido Santiago.

“Yo ya trabajaba desde mi casa pero ahora es extraño que incluso teniendo un equipo con el que hablo, básicamente me siento solo todo el tiempo. Es como trabajar con uno mismo”, cuenta.

En el fondo, por supuesto, está el sentimiento de incertidumbre generalizado que llegó con la pandemia. 

“Súmale a todo eso el estrés de las noticias y de no saber cuándo vamos a volver. Esa incertidumbre también tiene un impacto que se manifiesta en el cansancio del cuerpo, porque ya no te puedes proyectar y no sabes si esto va a durar dos, tres meses más. Estar pensando en cómo va a ser ese futuro, y cuándo, agota mentalmente. Sentarse y darse cuenta de que fue toda la realidad la que cambió también hace que uno se dé menos duro y se deje de preguntar, por ejemplo para quienes ya trabajaban desde casa, por qué si antes la lograba hoy no”, asegura Carvajal.

Lo clave de tener una rutina

Laura, de 28 años, es una de las personas que en medio de la crisis que trajo la pandemia ha logrado mantener sus ritmos de trabajo y evitar el cansancio o la desmotivación, aún cuando reconoce que su trabajo tuvo cambios importantes con la pandemia.

“Ahora es mucho más intenso que antes, pero tiene que ver con la forma en que la pandemia afectó a todo el mundo: hubo proyectos que se cayeron, otros que aparecieron. Eso implica adaptarse. He visto muchas quejas de gente que dice que sigue frente al computador después de las seis de la tarde o que no saben ponerle límites a los jefes. Ese no es mi caso para nada. Yo llevo años trabajando remotamente y ya tengo hábitos horarios”, cuenta.

Para ella, la clave ha sido constituir tres espacios distintos para las tres actividades que ella considera centrales al trabajar desde casa: un espacio para la productividad, uno para el descanso y otro para ejercitarse. Así lo ha hecho desde hace años y dice que gracias a ese sistema ha logrado hacerle el quite a la pesadez de trabajar desde casa en cuarentena. Es lo que necesita para funcionar.

“Si no tuviera un sistema de gestión de tareas mi salud mental sería terrible. Siento que no es que sea más juiciosa que mis amigos, sino que a veces confío tan poquito en mi voluntad que necesito un sistema que me ayude. Sobre todo en medio de situaciones adversas en las que cuesta ser productivo”, cuenta.

La necesidad de tener estructuras y rutinas claras es algo que tanto Jana Carvajal como Miryam Sosa resaltan como un elemento clave para hacerle frente a las dificultades de trabajar en la pandemia. Tener hábitos como levantarse siempre a una hora determinada, bañarse antes de trabajar, tener horarios de actividades, así como diferenciar los espacios del trabajo y solo acudir a ellos para asuntos laborales, resulta fundamental para contrarrestar la pesadez. Pero Miryam Sosa asegura que también es importante darle espacio a la flexibilidad dentro de esas rutinas.

No hay una sola solución mágica, sino más bien herramientas para que cada quien vaya encontrando lo que mejor le funciona para lidiar con la zozobra.

“Es bueno establecer rutinas pero no se puede convertir en un esquema supremamente rígido porque la rigidez puede llevarnos a la monotonía y al desespero. Tampoco nos podemos volver tan esquemáticos porque hay momentos en que podamos sentirnos cansados o desmotivados y sin fuerzas para cumplir. Eso no está mal. En la medida de lo posible tenemos que darnos la oportunidad de sentir esa desmotivación y falta de energía, porque es normal”, asegura. 

Recomienda entonces establecer descansos dentro de nuestras rutinas “que no es cambiar de silla para seguir en el celular, sino pausas activas con algo de estiramientos o, por ejemplo, comerme algo que me guste o darme un baño si siento que me hace bien. Hay que permitirse esa flexibilidad”. 

No hacerlo, dicen ambas, puede ser nocivo. 

La trampa de las expectativas

“Muchas personas al inicio de la cuarentena se pusieron expectativas demasiado grandes porque cómo voy a pasar la cuarentena si no he aprendido un idioma o no he pintado la casa. Y a veces ponernos metas tan estrictas nos termina ahogando. Hay que empezarse a leer y saber cuándo estoy cansado y entonces recostarme un minuto o salir al balcón o pensar en otra cosa. Creo que el aislamiento nos ha permitido confrontarnos con nosotros mismos y volver a examinar qué nos gusta hacer y quiénes somos ya que ahora no tenemos todas las horas llenas”, asegura Carvajal.

Esa confrontación consigo mismo, Miryam Sosa la ve también como una oportunidad y una necesidad de hacerse un monitoreo constante. Sosa asegura que algunas veces las preocupaciones y nuevas cargas que estamos viviendo en la cuarentena nos afecta de formas de las que podemos no ser muy conscientes. Allí el automonitoreo se vuelve fundamental.

“El monitoreo es clave para no dejarse llevar o ganar por la desmotivación o la depresión. Igualmente para quienes caen en la hostilidad o la agresividad. Eso puede ser un ejercicio diario, levantarte en la mañana y evaluar cómo amaneces de energía. O al cierre del día: cómo están tus emociones, qué tareas hiciste, cuáles no. También es clave no excederse con las tareas que te pones cada día. También apoyarse de la percepción de los que están alrededor, si te están notando irritable. Con ese seguimiento te vas dando cuenta de las alarmas y eventualmente si es necesario puedes buscar ayuda a través de la EPS o de la ARL. Ahorita la mayoría de las empresas están brindando ese acompañamiento”, cuenta Sosa.

No hay una sola solución mágica, sino más bien herramientas para que cada quien vaya encontrando lo que mejor le funciona para lidiar con la zozobra. Eso lo sabe Santiago.

“No he encontrado una solución pero creo que me ha servido hablar con mi pareja, con los amigos, con mi madre, con mis hermanos. Contándoles lo de uno y escuchándolos a ellos también. También me sirve mucho salir a caminar. O sentarme en la sala cuando está haciendo sol. Eso me tranquiliza”, cuenta.

Una cultura del trabajo que debe cambiar 

La incertidumbre, al menos por ahora, será guiando nuestras vidas confinadas. Así que es difícil especular qué puede pasar con nuestros ritmos laborales y la forma en que emocionalmente lidiamos con ellos. 

“Nos estamos adaptando. En temas laborales, la pandemia nos cogió con los calzones abajo, pero las crisis nos enseñan que tenemos que movernos rápidamente. Sobre lo que vendrá después la pregunta que más me hago es cómo va a ser el trabajo en el 2021. Tengo muy claro que los liderazgos y los niveles directivos tienen que cambiar. También las formas de hacer seguimiento a los trabajos. El reconocimiento tiene que ser distinto”, asegura Jana Carvajal.

Miryam Sosa opina igual. Para ella, las dificultades que han experimentado quienes están trabajando desde casa también plantea desafíos y transformaciones para la psicología organizacional. 

“Tenemos que replantearnos muchas cosas, no solamente de tipo organizativo, como la flexibilidad de los horarios de aquí en adelante, también cómo vamos a manejar la postpandemia. Cuáles van a ser las estrategias para volver luego al trabajo, cómo desde las áreas de recursos humanos apoyamos a los trabajadores para que lidien con todos los factores que les pueden generar tensión. Eso hay que pensarlo desde la carga laboral y desde los otros factores que le den bienestar y calidad de vida al trabajador. Cada organización se tiene que hacer esas preguntas”.

Como muchos de los temas que la pandemia ha hecho evidentes, como desigualdades estructurales y problemas sociales, la cultura laboral y nuestra forma de relacionarnos con los trabajos también ha revelado sus puntos más débiles y problemáticos. Tal vez, como en muchos otros temas, la incomodidad ayude a revelar inconformidades que vienen de antes y que ahora no dan espera para ser replanteadas. O simplemente la oportunidad para apreciar otros espacios laborales que dábamos por sentados y volver, cuando se pueda, con una nueva mirada.

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