Historias

La ruta del hambre

Samir Aponte

Marimar vive con sus morochos de 11 años y un nieto de 10 meses en Las Bateas de Maurica, un caserío cercano a Barcelona, la capital del estado Anzoátegui, en el oriente venezolano. Con frecuencia se levanta por la mañana sin tener certeza de si comerán algo durante el día.

Fotografía: Samir Aponte

A Yenny Mata muy pocos la llaman Yenny. Casi ninguno de sus vecinos en Las Bateas de Maurica sabe que ese es su nombre de pila. Desde niña, cuando todavía vivía en la Bahía de Barcelona, un poblado de pescadores cerca de este caserío, comenzó a presentarse como Marimarporque sus amiguitos se burlaban de ella: le decían que Yenny era un nombre raro.

Marimar rimaba con mar.

El mar que todos tenían enfrente.

A los 17 años, se hizo madre por primera vez. Su marido le pegaba. Ya no. Hace tiempo lo asesinaron en medio de una borrachera. Ahora Marimar tiene 41 años y cuatro hijos: Junior, de 24; Richard, de 20; y los morochos Andreina y Óscar, de 11. Con ella solo viven los morochos y Kender, hijo de Richard, quien migró a Colombia en enero de 2020 buscando oportunidades de empleo para paliar el hambre de la familia.

A Marimar la conocí hace cuatro años, cuando comencé a documentar la vida de la gente de Las Bateas de Maurica, una comunidad olvidada a pocos kilómetros de Barcelona, capital del estado Anzoátegui, en el oriente de Venezuela. Paradójicamente, llegué a este lugar por sus alucinantes paisajes marinos: quería capturar con mi cámara los extraordinarios atardeceres y el revoloteo de garzas, corocoras y gaviotas. Vine buscando un poco de paz. Quería desconectarme de la realidad.

La de Marimar no es una historia muy distinta a la de las más de 60 familias que viven en estas casas que parecen a punto de desmoronarse. Sé que son 100 niños los que se levantan cada mañana con los estómagos vacíos.   

Esa es una de las más grandes preocupaciones de Marimar. Todos los días se pregunta qué darles a los pequeños que están a su cuidado. Aunque los primeros días de cada mes Richard manda algo de dinero desde Colombia, no alcanza para mucho.

Hoy, cuando llegué, los morochos no estaban en el rancho. Según me dijeron después, habían salido a las 8:00 de la mañana a buscar palos para usarlos como leña y poder cocinar su comida. Así hacen siempre, porque como en tantos otros rincones del país, aquí no llega el servicio de gas doméstico.

Fotografía: Samir Aponte

Fotografía: Samir Aponte

Los busqué. Seguí sus pasos por el mismo trecho que ellos habían andado al borde de la costa. Los encontré. Me saludaron con afecto. Volvimos al rancho.

Óscar acomodó los maderos entre dos bloques de cemento. Con mucha destreza, prendió el fuego con bolsas de plástico y hojas secas. El rancho de inmediato se llenó de humo. Los palos ardiendo despedían un olor muy intenso. Me costaba respirar. Tosía. Tosía una y otra vez. Me ardían los ojos, me picaba la garganta.

Fotografía: Samir Aponte

Andreina atizó el fogón para avivar las llamas.

Fotografía: Samir Aponte

Marimar, a un costado, mecía al nieto, que lloraba hambriento.

Andreina puso a freír pellejos de pollo y preparó un poco de arroz blanco. Era todo lo que tenían. Al menos no pasarían el día sin nada en el estómago como tantas otras veces, me dijo Marimar.

También me contó que en otras oportunidades ha tenido que darle al niño casabe mojado con Fructus para que pueda dormir por las noches. Me conmovió escucharla, como me conmueve todo lo que he visto aquí. Aunque tengo mucho tiempo visitando esta comunidad, no dejo de estremecerme ante testimonios como el de Marimar. La de esta familia es una estampa del hambre. Una de tantas que habitan Las Bateas de Maurica. Siempre pienso que haber venido hasta acá, lejos de desconectarme de la realidad, me ha hecho más consciente de ella. 

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Esta historia forma parte de un proyecto editorial desarrollado por la red de narradores de La Vida de Nos, en el 3er año del programa formativo La Vida de Nos Itinerante.

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