Historias

Estudiar en casa: la odisea de la mayoría

Café Caliente

En un barrio pobre en un lar de Cartagena, la jornada escolar de Gabriel Ospino no comienza con el bullicio de los compañeros de clase, sino con el destello de un celular. Como las instalaciones de las escuelas están cerradas indefinidamente, él recibe sus lecciones en casa, de la recién estrenada biblioteca de programas educativos que su instituto ha producido.

Como sustituto, está lejos de ser perfecto. Gabriel, de 10 años, dice que sus padres no pueden pagar libros —echa de menos leer sobre animales en la biblioteca de la escuela— y no tiene a nadie que revise su trabajo. Se apoya en su hermana Katy Ospino, de 15 años, a quien le gustaría pedirle a los profesores que disminuyan la velocidad durante las lecciones difíciles.

—Cuando recogemos (la comida) en la olla común acá, hablamos y nos explicamos —dijo Gabriel sobre Katy—. Y a veces ella me explica y yo no le explico nada, pero ella sí me explica y por eso es buena hermana.

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En un país donde, según el último censo nacional (2018) un 67 por ciento de los hogares carece de internet, los programas de gobierno se enfocaron durante años en permitirle a los estudiantes conectarse desde sus colegios. 

El programa que llevó las banderas para equipar a los colegios públicos con computadores y acceso a internet es Computadores para Educar, un programa que inició con Pastrana, pero que continuaron Uribe y Santos. Duque lo retomó, con el objetivo de formar a profesores en tecnologías de la información y equipar a los colegios con computadores y tabletas. 

El programa reportó a finales de 2019 haber entregado en todo el país casi 2 millones de computadores y otras 2,5 millones de tabletas desde que empezó a operar. Para 2010, se calculaba que en el país había 17 estudiantes por cada computador en colegios públicos. Hoy Computadores para Educar calcula que hay 1 computador por cada 5 estudiantes.  

Para 2020, con un presupuesto asignado de 33 mil millones de pesos, el plan de Duque era entregar 72.000 computadores nuevos para 2.414 colegios públicos en el país.

Pero las cosas se ven distinto desde muchos institutos públicos de la ciudad.

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Jennifer Carrillo vendió su teléfono celular el día en el que no tuvo con qué comprar comida para ella, su esposo Jefferson y sus dos hijos, Gabriel y Katy. Los 200 mil pesos que consiguió por la venta de su celular, un Huawei P20, fue de los últimos recursos que tuvo para sobrevivir durante los meses de cuarentena. “Me tocó”, dice Jennifer, una mujer de 33 años, de aspecto intranquilo. Ahora, su nuevo celular es el único que hay en su casa —nuevo es una imprecisión: en realidad, es un modelo anticuado que solo sirve para recibir mensajes de WhatsApp—.

Katy Ospino tiene 15 años y ayuda a su hermano, Gabriel Ospino, de 10; con ejercicios de dibujo.

Es el único dispositivo tecnológico que hay en su casa y no sirve para que sus hijos lo usen para recibir las clases virtuales de 4er grado y 10mo grado. No se pueden conectar a las sesiones en línea y no pueden descargarse los archivos que les envían sus maestros.

A esta hora deberían estar recibiendo sus clases. Pero no: están sentados juntos, sin mucho que hacer, escuchando a sus padres contar su vida de juventud con desgano.

No poder estudiar, dicen Jennifer y Jefferson, entristece a sus hijos, al punto que algunas veces Katy les dice que quiere regresar a la casa de su abuela materna, que en el nuevo apartamento pasan hambre.

—Lo ven de esa manera porque son niños que no les faltaba nada.

Katy ve jugar a su hermano desde la ventana que da al patio.

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La solución a la que han recurrido en muchos institutos es tomar fotos de las tareas y enviarlas por Whatsapp. Los que pueden, pero con un costo para su educación muy grande y convirtiéndose en un estrés adicional para las familias, ya de por sí angustiadas por la pandemia y la crisis económica.

Algunos profesores dicen que el colegio envió opciones para facilitar que las familias tuvieran internet desde las casas. Por ejemplo, con Claro podían los padres tener un internet muy barato en la casa con una tarifa que va entre los 8.600 y los 18 mil pesos para poder conectarse, pero no se sabe cuántas familias realmente puedan permitirse ese gasto adicional. 

Para muchos padres el colegio es la guardería. Muchos de ellos viven del rebusque, del reciclaje, de venta de tintos, y de comerciar en corabastos. Les toca muy duro. El colegio servía para que les dieran comida a sus hijos. Ahora dependen del subsidio de alimentación para eso y les toca convivir en un espacio pequeño con familias que tienen entre 4 o 5 miembros.

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Jefferson dice que no han vendido el televisor solo porque le ofrecen muy poco.

—Eso se me va enseguida.

En ese televisor han intentado, además, conectarse a las clases virtuales, pero tampoco funciona: tienen servicio de Internet —dejaron de pagarlo hace cinco meses, pero el servicio sigue activo— pero sin computadoras, tabletas o celulares para conectarse a la escuela, apenas sirve para navegar en videos de Youtube en la televisión.

A pesar de no tener los aparatos tecnológicos, los niños intentan seguir las clases virtuales. Unos pocos maestros les envían fotos de los cuadernos para que no se retrasen. Jennifer dice que las clases las están dando por Zoom todos los días.

—Yo chateo con la maestra y ella me entiende, pero de qué vale que ella me entienda si de igual manera mis hijos no están recibiendo las clases como son.

Por ahora, el gobierno no tiene ningún plan de parar las clases y seguirán en la modalidad no presencial. En colegios como el Mercedes Abrego, esa educación ocurre toda por Whatsapp.

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