Historias

Viaje a la capital mundial del ñame

Foto de Café Caliente

El corregimiento de San Cayetano se halla entre altos cerros. Sus calles son laberínticas. Su cielo azul intenso y su aire seco de desierto. Zona que muchos habitantes designan con un vago “Gallo”. Por allá se habla con ese acento que descubre la estridente nasalidad que sabe a pradera. Los hombres, algunos, llevan sombrero de ala ancha y puntiagudos zapatos de tacón. La tierra es escarpada y el horizonte espantosamente inmenso. Caballos, burros, muchos burros, racimos de colinas verde-oscuro que se alzan con la gracia de un templo griego, destacan en la lejanía mucho antes de que la viajera o el viajero pueda acercarse a ellos.

También San Cayetano puede verse desde lejos. Muchas casas son de madera, de planta baja y están destartaladas. San Cayetano es sintético, sincrético, simbólico. San Cayetano es, además, un lugar donde vive mucha gente.

Interior de una vivienda en San Cayetano. / CAFÉ CALIENTE


Y eso es todo. Al menos que incluyamos, como es de rigor, un suceso ignominioso que nos sumió en un estado catatónico: sucedió el 16 de marzo, a las 7:24 de la mañana, cuando el sparring que grita el destino del bus Gonzáles con palabras que no llegamos a entender, nos dejó carretera arriba de San Cayetano, en una zona desolada, a los pies de cerros y de gentes extrañas que pasaban sin más.

­Entre una rara combinación de risas y temores, estirábamos nuestro brazo en señal de ayuda a los carros, tractomulas y motos que pasaban. En dos ocasiones gritamos “amigo, me manda dos motos por favor”, el sonido del pito nos hacía entender que escucharon, pero las motos nunca llegaron. No sabemos exactamente qué sentimiento nos movió a tomar la decisión de regresar caminando, pero lo hicimos, y a pocos pasos, “como caído del cerro”; apareció un cuarentón bajito con casco de cowboy, la cara hinchada, chaqueta y pantalón azul-turquí muy gastados, los zapatos con herrajes, frenando frente a nosotros:

—¿Adónde van?

—Ahí a San Cayetano.

Alrededor, el regreso son kilómetros y kilómetros de peñascos, casitas y negocios. Son mujeres: solo mujeres en la entrada, una zona de tiendas y uno que otro aroma de comida casera, de aquellas a las que es imposible negarse. Después todo se va mezclando: viandantes, campesinos, vecinos de otros vecinos.

San Cayetano parecía un lugar seguro y lo comprobamos desde que iniciamos la búsqueda de la casa del señor Dairo, nuestro guía en el corregimiento y quien nos llevaría a nuestro destino: la casa de doña Dolores, integrante de ASOGAÑAFROSAN. Al inicio nos topamos con una señora de baja estatura y con un saludo acogedor; ella nos señaló el camino hacia la plaza. Seguimos su orden dejando varios “buenos días” en el recorrido. “Es como un laberinto”; pensamos, de tanto girar a la izquierda y derecha, difícilmente podríamos grabarnos el camino, y cuando por fin llegamos a la plaza, contemplamos un paisaje que no podía dejar de pasar por el lente de una Nikon.

Encantados, creo que esa es la palabra que define nuestro sentir mientras veíamos las montañas aparentemente cerca, las casas, el parque y hasta el mismo concreto donde posaba la tarima y otros escenarios de la plaza. “¡Dairo, Dairo!”, gritaba insistente una señora. Su llamado nos alertó y le preguntamos si sabía dónde estaba, pues, la redes móviles habían fallado y no podíamos comunicarnos con él.

—¿Ustedes son los periodistas?

—Sí sra., mucho gusto.

—Él no contesta, creo que se fue para el monte.

Aunque inesperada, su respuesta no nos impidió llegar a la casa de doña Dolores —ver aquí el reportaje Las manos sancayetaneras que amasan sueño—.

***

Alguna vez algún sociólogo estudiará, en San Cayetano, cómo se pasa de una comunidad donde prima la solidaridad, el esfuerzo compartido, a una donde el modelo consiste en buscarse la vida para salvarse. En hacerte con ciertos bienes que te darán la sensación de que hiciste lo que querías, que lo tienes; en lanzarte a ese camino de logros personales que el capitalismo señala como el gran camino. Ese día, ese sociólogo irá al Festival del Ñame.

El Festival Nacional del Ñame es una tradición que se ha constituido en un escenario artístico y cultural en el que se promueve el uso variado del ñame como manifestación cultural inmaterial de los bolivarenses y de todo el Caribe colombiano.

***

La entrevista que no fue

Era más que mediodía, el sol reluce, y en El Carmen de Bolívar, un corazón de Bolívar, muchas personas salen y entran de autobuses copados de ordinario. Estos vehículos disponen de aproximadamente ocho puestos, pero aquí transportan a más de diez pasajeros. Resulta difícil describir el número y las combinaciones de todos los suplementos que llenan el interior de un autobús como aquél: barras y bancos de más, añadidos a golpe de soldador. Cuando el vehículo va lleno, para que alguien pueda subir o bajar, todos los pasajeros tienen que hacer otro tanto. La exactitud y estanqueidad de los que se encuentran en su interior equivale a la precisión de un reloj suizo, y cada individuo que ocupa un puesto tiene que contar con el hecho de que las próximas horas no podrá mover siquiera un dedo del pie. Las peores son las horas de espera, cuando, en un autobús recalentado y asfixiante, hay que quedarse sentado y quieto hasta que el conductor reúna el número completo de pasajeros.

Una intempestiva fiebre viajera para una serie de reportajes nos llevó a El Carmen, que tenía por objeto entrevistar a una lideresa social. Sucedió después de dar por terminado nuestro trabajo en San Cayetano, cuando las ininterrumpidas evasiones de la fuente concluyó con el acontecimiento esperado, y esa fue, el 16 de marzo de 2021, la gran entrevista que pudo ser y no fue.

Puerco en el patio de una vivienda cualquiera en San Cayetano. / CAFÉ CALIENTE


***

Al cabo de unos momentos volvemos a proseguir viaje de vuelta a San Cayetano. Por la tarde estamos en un local llamado Chicarrones de San Cayetano. Aquí nos bajamos de nuevo. De golpe nos atrapa un calor de justicia, pesado y chispeante. Al contrario de lo que ocurría siempre desde cuando se escoge a ojo de águila una buena porción de chicharrón y no satisface, esa tarde de martes se mostró mortalmente inadvertida: chicharrones; yuca, suero y pasea: cada bocado, un mundo; todos juntos, el mundo.

El interior de una casa en San Cayetano. / CAFÉ CALIENTE

San Cayetano es eso y es lo otro; es, como todos los sitios, mucho más.

Hay lugares donde siempre es nunca —y no hay otros lugares—.

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