Historias

Los sin techo

Su rancho son las paredes de madera y lata, piso de tierra muy lunar, tres camas grandes una al lado de la otra donde duermen una abuela, una madre, dos hijas y tres hijos, la ropa amontonada, la ropa colgando de las sogas, dos bombillos colgando también, el piletón afuera con sus tarros de plástico, los montones de restos: envases viejos, zapatos viejos, dos neumáticos viejos, un microondas que no sirve.

***

Jesús Manuel Díaz es el primer hijo de Juan Manuel Díaz Salazar, un negro de piel rústica, dientes muy blancos y el cuerpo cuadrado de alguien que ha sido mano de obra en todo tipo de trabajo desde que era prácticamente un niño. Desde la edad de su hijo, Juan Manuel, el tercero de cinco hermanos, solo se sentía unido a su familia por el respeto y la miseria. Apenas convivían a pesar de haber crecido hacinados en una casa de madera de un cuarto en Villa Corelca, un barrio que nació como una invasión en torno a las torres generadoras de energía del grupo Corelca al lado del barrio Simón Bolívar en la Localidad 3, donde una de cada cuatro personas vive en pobreza extrema.

Los Díaz Salazar dormían tan cerca que unos podían sentir el aliento de los otros. Pero la cercanía física no se traducía en una mejor relación. A la hora de la única comida del día, unas veces cuchareaban una olla con frijoles, otras, la madre guardaba la ración que le correspondía en el restaurante de la compañía de cítricos para alimentar a sus hijos (tres hombres y dos mujeres). La escasez era tal que desde pequeños aprendieron a pedir en la calle. Se valían de trucos como mojarse los ojos y las mejillas para simular el llanto, o de mentiras como que habían perdido el dinero para la compra y que, si volvían sin nada, su madre les pegaría. Era una mentira a medias: su padre era el que los golpeaba. Cuando conseguían unas monedas compraban un pan y lo repartían entre todos. “Un dulce tirado en el suelo era como un regalo”, recuerda Juan Manuel, de 34 años y 1.60 metros de estatura, frente a una casita de madera de unos diez metros cuadrados, donde vivía hasta hace un año con su pareja y Jesús Manuel.

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Caterín quiere un mejor techo

Caterín tiene 25 años, un compañero, seis hijos, su ranchito al borde del barranco. El ranchito es pura lata mal clavada, suelo de tierra despareja, dos camas anchas con frazadas y una cocina tan pequeña y la zozobra de vivir en el borde, con la tierra que se escapa bajo sus pies en cuanto llueve. Caterín necesita el agua para lavar a sus hijas e hijos, cocinar, lavar la ropa y a menudo la va a buscar a un chorro a 400 o 500 metros, pero más necesita que no llueva tanto: con cada chaparrón el rancho se le inunda y el agua va llevándose la tierra; cualquier día, su casa se irá por el barranco.

—¿Te gusta tener tantos chicos?

Caterín resopla, intenta una sonrisa, mira al techo.

—Pues… Fue que Dios me los dio. Vinieron, Dios me los mandó.

Dice, y se ríe incómoda porque a su lado está Gerardina, la misionera dominica. Que, después, me dirá que es cierto pero que las mujeres deberían tener en cuenta sus contextos, parar, cuidarse, planificar un poco:

—Si no, esta mujer con 30 años va a tener doce hijos, si sigue así, y estos niños no comen suficiente, ya están desnutridos.

Vivian Flores, 22, mira tele postrada en su cama, mientras su hijo, Kenny, de cinco años, juega brincando a la par suya. Simone Dalmasso

La sra. Gloria también tiene sueños

Que tener casa propia es una bendición, me dice la sra. Gloria, y que las bendiciones uno nunca sabe, que a veces hay, que a veces no. Y que los sueños son así, que hoy hay, que mañana quién sabe, me dice, pero que no es solo con los sueños, que todo es así siempre, dice, con suspiro.

La sra. Gloria vive unos cuantos escalones más arriba que Caterín, y me cuenta que todas esas escaleras las hizo su compañero, que era albañil, y que las hicieron gracias al padre Pedro, que Diosito lo cuide y lo proteja, y que tendría que haber visto el barrio entonces, que entonces sí que era difícil, puro barro, tierra, que para subir hasta aquí arriba se caían, y más si venían trayendo agua; que ahora no siempre hay pero es más fácil: que el agua llega un día sí y un día no y que entonces el día que hay guardan para los días que no, que ahí tienen sus botes y sus cosas.

—Ponemos una manguera en el canal del techo y bajamos el agua de la lluvia para bañarnos, para lavar los platos. Hay que organizarse, ¿sabe?, organizarse. Nos lavamos las manos, guardamos el agua; lavamos los platos en dos baldes, para no gastarla, y así estamos, nos cuidamos, tenemos que pensarlo mucho.

La riqueza es descuido; la pobreza, digamos, lo contrario.

En la casa viven también dos hijas, varios nietos. La hija mayor es enfermera pero sale, ahora, con dos bolsas de basura llenas de latas arrugadas: por cada libra de latas le pagan 3 mil pesos, y en una bolsa caben siete u ocho libras: pero la enfermera me dice que no me crea, que ni sé el tiempo que se tarda en juntarlas.

—Pero si no hacemos estas cosas qué nos queda.

Me pregunta, y tampoco sé qué contestarle.

***

Villa Corelca es un pequeño ejemplo: en toda la ciudad —Cartagena— , tener una casa propia implica desigualdades brutas. Los que la tienen a su alcance, los que deben construirla con el esfuerzo de sus brazos, los que no la consiguen.

Va de nuevo: el esfuerzo personal de obtener casa propia, para que las personas vivan, convivan, es el dos por ciento del empleo total: una minucia.
Y, sin embargo, la pelea.

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