Historias

Un día más sin agua

© Café Caliente

—¿Cómo se llama?

—Ana. 

San Onofre es un municipio caliente y chato, casas de un piso o dos o tres; las calles anchas para que el sol entre sin vueltas, una plaza cuidada, su iglesia blanca y amarilla, sus templos, sus farmacias, sus motos para llevar personas y un exceso de tiendas. 

*     *     *

Yeni Julio, 40, mete su mano en su ánfora donde almacena el agua para sus necesidades básicas.

Este municipio de 48 mil habitantes no tiene agua potable y más de la mitad de los hogares en el casco urbano no tienen alcantarillado, pese a que estas han sido viejas promesas electorales. La carretera de Sincelejo a San Onofre lleva años en mal estado y la vía que lleva hacia las playas de Rincón del Mar y demás zonas turísticas no ha sido pavimentada.

Lo increíble es que este municipio recibe aproximadamente 5.500 millones de pesos —según La Silla Vacía— al año en regalías por el paso del oleoducto Caño Limón–Coveñas y que le entran los impuestos prediales de Balsillas, uno de los balnearios más exclusivos del país, pero sigue siendo uno de los más pobres de Sucre. 

*     *    *

—Aquí no hemos tenido agua, un montón de tiempo sin agua. Y sin ese líquido, verdad, no podemos vivir. Nos ha pasado mucho que se vaya la luz, con eso sobrevivimos, pero sin agua no podemos, ¿verdad?

La señora Ana llegó a San Onofre hace más de 25 años, con su compañero y ya dos hijos. Venían de un municipio hermano; creían que aquí podrían vivir mejor.

—Allá cultivábamos mucha verdura, allá sí que hay agua, todos tienen su chorro, están muy bendecidos. Y es lindo de vivir…

—¿Vivían mejor que acá?

—Por una parte, sí. Aquí al principio fue muy duro. Pero, por otra parte, los niños se desarrollan mejor aquí que allá, tienen su carrera, Dios mediante…

Me dice doña Ana, retorciendo un rosario con su cruz, que una hija ya es estudiante universitaria y otra está graduada y que son seis y a cada uno le pudo dar su educación y allá en Labarcé nunca habría podido. Además, allá la gente se moría un poco fácil, que las mujeres si el parto no les venía bien dado se morían, los niños a menudo se morían, dice, porque no hay doctores.

Yeni Julio distribuyendo agua por cantidades medidas para asegurar los días siguientes.

Vivimos en estados: hay estados. No hay estados mucho más presentes, mucho más pesados que el de ese país que basa su idea de sí mismo en no darle mucho espacio al estado, ese país que los tiene unidos a su nombre. Y no hay muchos lugares donde la presencia, el poder de un estado se manifieste menos que en municipios. 

—Allá si se puede dar a luz normal, vivir normal, qué bueno, y si se complicó, ahí se quedan.

Su compañero trabaja de albañil; ella hizo muchas cosas para hacerse con dinero pero la espalda ya no aguanta. Así que su casa funciona como tienda donde vende bebidas y unos pocos comestibles, y me dice que con eso va a poder terminar de educar a los hijos que le faltan:

—Gracias a Dios hemos podido darles sus estudios, que con eso se pueden defender. A mí no me dieron estudios, yo no sé leer, y les digo a ellos ustedes tienen que estar en la gloria que saben todo eso… Qué hubiera dado yo por saber más cosas, tal vez no habría trabajado tanto…

Dice doña Ana, robusta, risueña: la imagen de alguien que sí lo consiguió; sacrificó su vida por los suyos pero, a fuerza de esfuerzos, les ha dado unas vidas mejores. Pero su historia se le deshace entre los dedos, su voz se va perdiendo: habla, ahora, como quien quiere que las palabras callen.

Las albercas donde la sra. Gregoria almacena su agua.

La historia original siempre es la misma: el día lejano —pueden ser 25, 30 años— en que llegaron a ocupar un trocito de terreno, barro y esperanza, para hacerlo su casa: para hacerse con una. La historia de justo antes puede variar un poco: algunos llegaron desde pueblos por la violencia, otros del campo después de una masacre, otros corridos por el hambre o las matanzas del ejército. La historia de la llegada es siempre igual: dificultades, mucho esfuerzo. Y la historia de después tampoco varía tanto: suele haber un matrimonio complicado o roto, varios hijos, algún momento de violencia, vidas difíciles, un dios con o sin curas, su punta de optimismo, algún final que la desmiente.

La mayoría de las casas tienen una canilla o grifo o chorro —que, a menudo, se secan—.

Para nosotras lectoras y lectores, clase media de los países ricos, clase bastante alta de los pobres, el agua es una de esas cosas que damos por supuestas: abres el grifo o la canilla o pluma o chorro y sale. No hay que pensar en ella; alcanza con girar ese tornillo. No pensamos, siquiera, en el cambio que eso implica: en los miles de años en que el agua fue laboriosamente conseguida y acarreada para ponerla, escasa, tan apreciada, en mesas, cocinas y pilones; en los miles de millones que la acarrean todavía. El agua, entre nosotros, ha logrado que no la pensemos.

Los tanques de la sra. Gregoria para almacenar el agua.

La sra. Gregoria precisa tanto el agua

La sra. Gregoria debe tener 60 años, o quizás 65, alta y flaca y jovial. Su casa también es su tienda. La sra. Gregoria necesita el agua para cocinar, lavar la ropa —como todos—: 

—Aquí ha venido agua horrible. La primera agua era sal sal sal, la segunda, igual. Esta es la que está un poquito más suave. Aquí no ha venido agua buena. Mira que ni los servicios son bueno porque se aguanta hasta 15 días sin agua y cuántos galones de agua se gasta uno mientras llega. Eso se gasta en el recibo y se gasta por acá comprando las otras aguas. 

Dice la sra. Gregoria. Le pregunto sobre su tienda y dice que le ha ido bien:

—Con la tienda la verdad es que me ha ido bien, ¿por qué?, porque si no hubiese tenido esto en la pandemia entonces estuviéramos… Porque el marido mío se aguantó seis meses que no trabajaba para Sincelejo que tiene un negocio allá. 

El agua ha sido cosa de mujeres: son las mujeres que usan el agua, las que limpian, las que cocinan, las que lavan los platos y las ollas, las que lavan la ropa y bañan a las chicas y chicos, las esclavas del agua. El agua —la falta de agua, los caprichos del agua— va ritmando sus tiempos: cuando hay que ir a buscarla, cuando hay que esperarla, cuando empieza la desesperación. El agua —en general y salvo honrosas excepciones— es territorio de mujeres, obligación de las mujeres, dolor de las mujeres.

Cuando la reserva de la sra. Gregoria se agota.

Yeni sabe el costo del agua

—Sí gastamos. Por lo menos un galón de agua vale mil setecientos pesos, y un galón de agua no dura ni el día. Tenemos que comprar varios: cinco, seis, para que nos dure tres o cuatro días. 

Dice Yeni. Dura y convencida. 

—¿Cuántos tanques tienes que comprar para sostener a todos aquí? 

—Lo que pasa es que nosotros acá el agua la depositamos. El agua se demora para venir, pero para bañarnos depositamos el agua que viene de la llave. Ya para tomar y hacer los alimentos, tenemos que comprarla. 

Sus hijas tienen 11 y 18 años; ella, 40, el cuerpo desbordante; es amable, locuaz. Sin agua no puede preparar la comida, lavar sus utensilios y cubiertos.

En su momento, los habitantes de San Onofre se hartaron y salieron a la calle. Pero nada mayor ocurrió. 

Cuando el agua llega, cualquier recipiente es útil para almacenarla.

San Onofre es un ejemplo: en la zona el agua implica desigualdades ordinarias. Los que la tienen en la punta de los dedos, los que deben conseguirla con el esfuerzo de sus brazos, los que no la consiguen. Pero hay —y es casi peor— desigualdades delicadas en el deseo de agua: los que la quieren sin cesar para —digamos— bañarse cada día, los que apenas se les ocurre hacerlo cada tanto y la quieren, si acaso, para beber y cocinar pero no mucho.

Y, por supuesto, más allá, los que la usan como “insumo”: los dueños de las tierras, los dueños de las fábricas —que consumen infinitamente más que cualquier persona, que la arruinan infinitamente más, que tienen infinitamente más poder para hacerse con ella.

El uso personal del agua, para que las personas coman y beban y se limpien, es mínimo: una minucia.

Y, sin embargo, la pelea.

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