Historias

Retratos de protesta en Cartagena

© Café Caliente

La chica debe tener 20 años, o quizás 22, es elástica, con una piel tierna del color del pan y tiene el cabello liso y negro y largo hasta la espalda. La chica se ríe tímida ahora, mientras me cuenta por qué salió a la calle:

–Salí a marchar porque no me parece justo que en la reforma tributaria le suban el IVA a los servicios de salud y los funerarios. Hace tres días mi abuelo falleció en una clínica porque no lo cuidaron bien, y por esa razón salí a marchar. 

Los manifestantes nos miran, tratan de ver qué hacemos o decimos.

***

La ira burbujeante por la reforma tributaria, los asesinatos sistemáticos de líderes sociales, las violencias contra las mujeres, la pobreza anclada, la alta taza de desempleo, etc.; hizo encender el paro en la calle. Esto muestra que la insatisfacción de una parte importante de los colombianos con sus dirigentes no ha cambiado mucho desde noviembre del 2019, cuando el país vivió las jornadas más intensas de protestas en varias décadas. 

La tributaria de Duque es un proyecto que, por un lado, le pide solidaridad a las clases medias y altas para atacar la pobreza generada por la peor recesión registrada en el país. Y por el otro, nace de la urgencia de generar un gran recaudo para balancear un déficit fiscal peligroso que amenaza la capacidad futura de endeudamiento del país. 

Ambos propósitos terminaron condensados en la reforma tributaria más grande de este siglo, que presentó el impopular ministro de Hacienda, Alberto Carrasquilla, y defendió un viceministro. 

Pero el mensaje de solidaridad no caló.

***

El plan parece demasiado simple. Se trata de plantarse en la Bomba Esso El Amparo, una vieja y desabrida estación de servicios de varias columnas con ínfulas monumentales, que ocupa toda una esquina hacia vías pobladas de vehículos, motos, rebuscadores, árboles y los manifestantes. 

La situación no tenía mucho que estudiar. La Policía estaba formada: haciéndose espacio entre sí. Los intervalos entre hombre y hombre eran, en aquella pequeña fila, de unos diez centrímetros. La segunda fila, similarmente espaciada, estaba diez o veinte o treinta centrímetros seguida de la primera, y, aproximadamente treinta yardas más allá, había, de cincuenta en cincuenta yardas, grupos de manifestantes. 

–Lo que buscamos es que esto llegue a escenarios internacionales, lo que pasa aquí no pasa ni en Venezuela. 

–¿Crees que esto se prolongará como en noviembre de 2019? 

–No sé. Con lo de la pandemia sería difícil, pero vamos a ver. 

Dice Juan, con un suspiro y las manos juntas: sabe que está hablando de lo que se informa, y le brillan los ojos mientras se arregla el tapabocas. 

Era como si el aire hubiera cambiado, o la luz se hubiera alterado; se sintió inmediatamente mucho más vivo –sí, bañado en el aire–, y, al mismo tiempo, como desencarnado de sí mismo. 

–Si este malestar no se ve reflejado en el 2022, estamos fregados, la verdad. 

Me dice Amitzadai, y la mirada se le pierde, turbia. Justo entonces empiezan a poner barricadas en las vías: barricadas es un decir, no eran si no piedras, neumáticos y botes de basura. 

La multitud respondió a una exhortación de un estudiante que presidía las consignas con un canto, moviendo sus puños en el aire, zapateando y agitando sus banderas y carteles. 

–Hay plata pa’ la guerra, qué dolor qué dolor qué pena, hay plata pa’ la guerra y no para estudiar, do, re, mi, do, re, fa, Duque caremondá. 

***

Lo que viene esta vez está menos claro. A pesar de la pandemia, Iván Duque no se reinventó. El Gobierno queda hoy en una posición similar de debilidad política a la que se encontraba hace 14 meses. Pero con un panorama mucho más retador por delante: el coronavirus, la vacunación, la tributaria, una coalición fracturada, la violencia rural y la campaña. Y quedan 15 meses de mandato.

Click to comment

Popular

To Top