Historias

Retratos de la pobreza

© Café Caliente

Un chico. Un chico de dos, de tres, de cuatro años en un sillón decrépito, comiendo un chicle, abrazado a un muñeco de Garfield. Un adolescente. Un adolescente de trece, de catorce, de quince años con las palabras “punk” y “rock” escritas en los puños, sacando la lengua hasta el mentón, sonriendo con los ojos ocultos por Ray-Bans oscuros, haciendo el gesto de fuck you, vestido con una camiseta de ACDC, tocando la guitarra. Una mujer joven, delgada, con el pelo corto, con el pelo en enérgica copa de rulos, el rostro delicadamente oval, la nariz ancha, los ojos rasgados, cantando ante un micrófono.

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La pobreza monetaria en Colombia aumentó 19 por ciento en el 2020, al pasar de 35,7 por ciento al 42,5 por ciento de la población. La cifra fue revelada por el Dane, en su informe anual sobre pobreza. Se trata de la medición más completa para entender los efectos de la pandemia en la población más vulnerable de Colombia.  

La medición es devastadora y borra el progreso social de una década. Según el Dane, la pobreza monetaria implica que una persona está “por debajo del mínimo de ingresos mensuales definidos como necesarios para cubrir sus necesidades básicas”. Eso quiere decir que más de 21 millones de personas —3 millones más en relación con el año 2019— tienen ingresos inferiores a 331.668 pesos al mes. 

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Uno

Greys Viloria es de Barranquilla. Greys, 28 años, el pelo teñido de rubio. Tiene tatuajes —en la pierna, la cadera, la espalda, la mano—, un piercing en el ombligo, otro en la nariz. Saluda, amable pero escueta, y abre la puerta que da al patio.

—Me gustaría trabajar —dice Greys, frotándose las manos—, pero cómo hago, quién cuida a los niños. Con lo que tenemos cumplimos con lo básico, pero nos hacen falta muchas cosas personales como shampoo, jabón. La última ropa nueva la compramos para el 31 de diciembre. También toca explicarles a los niños que juguetes no va a haber. 

Su casa, en El Pozón, es pequeña, fresca, con dos pisos y tiene dos cuartos y la sala hace las veces también de comedor y cocina. Allí pagan un arriendo de 400 mil pesos mensuales más 150 mil en servicios públicos. Además, diariamente gastan alrededor de 15 mil pesos en comida y 150 mil al mes para leche y pañales. 

—Ella quiere trabajar, pero no hay trabajo vacante porque la gente tiene miedo de abrir los negocios. También tiene a los niños muy pequeños, y no puede dejar que se los cuide cualquier persona con tanta cosa que se ve. Yo creo que hay que esperar que la niña —de 10 años— esté más grandecita y la ayude en la casa.

Dice Eduosia Yansen, 50 años, encorvada, madre de Greys, con modos de jefa. Greys depende económicamente de su mamá, empleada doméstica, con la que vive hace tres años. 

Greys fuma sosteniendo el cigarrillo con la punta de los dedos, manteniendo los otros recogidos hacia la palma.

Greys recibe el subsidio de Ingreso Solidario de 160 mil pesos. Es su único ingreso y va destinado exclusivamente a los niños.

—No es mucho, pero es un alivio porque me permite alimentar a mis niños, comprarles pañales, leche.

Otras personas, con dificultades similares, ni siquiera reciben Ingreso Solidario y viven con lo que les dan sus familiares y conocidos. Es el caso de Greys Viloria. 

Dos

Son las nueve y media de la mañana de un día de mayo. Luz Mary Sánchez está apoyada sobre el marco de la puerta que da al baño.

Cuando a Luz Mary Sánchez le preguntan de qué vive económicamente, dice:

—Gracias a dios yo tengo cuatro hermanos que no me dejan morir.

Es un día caluroso. Habla de sus necesidades: no le gusta, cree que Dios da tanto como quita.

—Mis ingresos no son fijos. Un mes puedo tener 300 mil pesos, otro puedo tener solo 200 mil u otro puedo no tener nada. Dios es grande y poderoso, da y quita porque lo cree así, y quién soy yo.

En ocasiones repite varias veces la misma frase como si quisiera drenar alguna cosa, arrancarse algo pegajoso y tóxico de la memoria.

En su casa vive con uno de sus tres hijos, de 25 años, y una nieta de 7 que está a su cargo. Es un apartamento de 46 metros cuadrados, sin acabados, y casi todas sus cosas son heredadas de su mamá, que murió en febrero del año pasado. 

Pero ni ella ni su hijo tienen ingresos fijos. Hacen maromas para que la plata que recogen les alcance para llegar a fin de mes. Son sus hermanos quienes le dan parte del mercado y después de su enfermedad, con la que perdió mucho peso, sus cuñadas quienes le han regalado ropa de su talla. 

—A mí se me acabó el cuerpo después del cáncer y la ropa mía no me servía. No me da pena decirlo, me visto con la ropa que me han dado mis cuñadas.

En esencia, a Luz Mary no le falta nada, pero debe mucho y tiene poco. Con la pandemia ha salido adelante gracias al amor de la familia.

No es fácil saberlo, pero Luz Mary y Grays probablemente serían clasificadas por encima de la línea de la pobreza extrema, una clasificación para las personas que tienen aún menos ingresos. Según el Dane, 15 por ciento de la población se encuentra ahora en este nivel de carencia extrema tras un año de pandemia.

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