Historias

La resistencia, vista desde sus personajes

© CAFÉ CALIENTE

—Imagínese, joven, lo que era esto cuando yo estaba joven. La resistencia, es eso; la resistencia.

El señor Jaime tiene 58 años; dice que ha trabajado mucho y que ya está retirado.

—Pero la hicimos, joven, acá está, la hicimos.

***

Colombia cumplió este viernes un mes de paro nacional. Una de las constantes en ciudades como Bogotá, Cali y Cartagena son las tomas de sitios por parte de manifestantes.

En la capital de Bolívar, zonas populares en el centro, oriente y sur llevan un mes siendo ocupadas por estudiantes, ciudadanos y primera línea para armar sus propias asambleas.

Son escenarios que parte de la ciudadanía cartagenera rechaza. Y que distan de las peticiones del Comité del Paro, de los políticos que dicen entender la voz de los manifestantes y del gobierno de Iván Duque que dice escuchar a los jóvenes.

***

Hay una resistencia. Como en toda resistencia hay intrigas, héroes, intereses, esperanza, razones que la razón ignora, corazones que ignoran la razón.

Hay una resistencia y a veces los que intentan disimularlo lo consiguen. Salvo en Cartagena: aquí, está claro, hay una resistencia. Hay una resistencia y no hay otro lugar donde esta resistencia esté tan marcada en el espacio. En Cartagena, hasta ahora, la movilización la protagonizan los jóvenes a través del arte. 

—Llegamos a la conclusión de que si íbamos a hacer un trabajo social, lo debíamos hacer bien: en la primera línea, poniendo el cuerpo para defender a los manifestantes.

Dice, ahora, en la calle, un primera línea —al que, por seguridad, omitiré su nombre—, y se refriega la frente.

***

María —con otro nombre— tiene el pelo muy corto, las cejas gruesas, la palabra difícil: busca, tarda, no siempre las encuentra. Tiene un rictus constante entre la pena y la extrañeza: como quien no entiende o, mejor, preferiría no entender lo que sí entiende.

—Exigimos cosas mínimas: derecho al trabajo, a la educación, a la salud, a la vivienda, una renta básica para darle de comer a nuestra familia.

—Cada vez que salimos de la casa somos consientes del riesgo que estamos corriendo, sabemos que en cualquier momento podemos perder la vida.

Me dice Suri, sus 23 años, estudiante. Estamos en un pasillo del INEM, sus vidrios, sus baldosas, sentados en el suelo; el INEM está dotado de misión médica: defensores de derechos humanos, estudiantes haciendo de vigilantes y personal encargado de la organización.

Nadie sabe por qué suceden esas cosas, por qué el vuelco. Solo podemos constatarlo después, cuando es un hecho. Es fácil, ahora, decir que fueron esas muertes: que los colombianos no soportaron esas muertes. Es difícil saber por qué un gobierno que supo como ninguno mantenerlos tranquilos, satisfechos, temerosos, de pronto perdió pie y se lanzó a su propio abismo.

***

—Yo decidí venir acá porque no soporté que nos siguieran matando a los nuestros, pensé que tenía que hacer algo.

Dice Juan; lo pensaron tantos. El 30 de abril ya se sabían siete muertes por las balas policiales y parapoliciales. El país perplejo, miles de mujeres y hombres en las calles de todas sus ciudades. Ya no solo protestaban contra el gobierno de Duque; pedían, también, justicia por los muertos.

Juan prefiere no decirme su nombre; sí me dice que ha trabajado en muchas cosas, pero que ahora está desempleado y estudia historia. Tiene un bebé de quince meses; sus padres le ayudan a criarlo. Ya lleva un mes gritando Hay plata pa la guerra, que dolor que dolor que pena, hay plata pa la guerra y no para estudiar, do, re, mi, do, re, fa, Duque caremondá. Juan es flaco, cara redonda, casi triste: el pelo negro que le cae en los ojos, la mirada de quien ha visto demasiado.

***

—Mi trabajo aquí es asegurar suministros, me encargo de que esté preparada la comida para todos los que andan luchando.

Dos metros más allá hay un cartel pintado a mano: “Que tengan miedo ellos, porque nosotros ya no lo tenemos”. No siempre es cierto; Raúl tiene, pero igual está acá:

—No, yo no tengo la capacidad para andar en la primera línea. Yo los ayudo desde acá, pero ir afuera y que se venga la policía… creo que ahí nomás me desmayo.

—Aquí no solo somos estudiantes, aquí está la población apoyándolos.

Me dice un hombre que no me va a decir su nombre, treinta y tantos años, el cuerpo ancho, un tatuaje de Guevara sobre un hombro, barba de varios días.

—Yo soy conductor de camiones pero también quise ayudar a la causa.

***

¿Cómo terminan las resistencias?
Y, otra vez: ¿cómo empiezan las resistencias?
Lo bueno es que nunca nadie sabe. Es tan alentador que haya momentos como estos, historias como estas, que demuestran que todo lo que uno sabe es discutible: uno se cree que sabe cosas, y en general son tristes, desalentadoras, razonables. Que suceda lo que nadie previó, que, cada tanto, la realidad te demuestre que estás equivocado, es un baño de humildad, un canto de esperanza.

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