Historias

Susana Palencia, la mujer de la tierra

Es una mujer, pero podría ser otra cosa: una catástrofe, un rugido, el viento, la tierra.

Es una mujer, pero podría ser otra cosa: una catástrofe, un rugido, el viento, la tierra. Sentada en una butaca cubierta por una manta, viste un suéter beige que tiene varios agujeros, un pantalón de corderoy. A sus espaldas, una puerta troncada por el tiempo separa la sala de un patio en el que se ven dos sillas y, más allá, un terreno cubierto por plantas, por arbustos.

—Adelante, adelante.
Es una mujer, pero podría ser un dragón, la estertora de un volcán, la rigidez que antecede a un terremoto. Se pone de pie. Aprieta una gorra de lana y dice:
—Adelante, adelante.

Llegar a la casa en la Villa Malu, en San Juan Nepomuceno, donde vive Susana Palencia, es fácil. Lo difícil es llegar a ella.

***

Susana Palencia tiene en la mira cinco millones de hectáreas de tierra despojadas. Desde Montes de María hasta el Catatumbo y desde Antioquia hasta Vichada. Y al final, cuando las recupere, ninguna de esas hectáreas será para ella.

Ella es la presidenta de la Asociación Nacional de Víctimas por la Restitución y el Acceso a la Tierra que ya tiene más de mil líderes de organizaciones de despojados. Fue elegida para presidir esta nueva coalición de víctimas por dos razones. Primero, porque ya presidía la asociación de restitución de tierras más exitosa en el país. Palencia fundó la Asociación de Víctimas Bolívar para la Restitución de Tierras y Bienes con un grupo de campesinos que han sido víctimas del despojo desde los ochenta y ya ha logrado la restitución de tres mil hectáreas. Además de ser exitosa, su historia encarna lo hosco del despojo y la posibilidad que se abre con la restitución de tierras.

***

—Adelante, adelante.

El pelo de Susana Palencia es de un blanco sulfúrico. No tiene arrugas, solo surcos en una cara que parece hecha con cosas de la tierra (rocas, ramas). Las manos bronceadas, sin manchas ni pliegues, como dos raíces pulidas por el agua. Los ojos, si frunce el ceño, son una fuerza del daño. Cuando se ríe —y afina la voz como si fuera una muchacha encantada con las cosas del mundo— los abre con un asombro cómico, impostado.

—Amén, amén, amén —dice, haciendo la señal de la cruz con una botella de vidrio.

***

Palencia tiene 50 años, y desde los 24 el conflicto por la tierra en Bolívar marcó su vida. En 1988 los paramilitares asesinaron a su esposo en un municipio vecino. Él era campesino y se iba a postular al Concejo por el Partido Conservador. Los azules eran débiles en la zona y se habían aliado con la Unión Patriótica para ganar las elecciones locales, pero todo aliado de la UP era objetivo de los Castaño en la región.

A su esposo lo asesinaron los paramilitares de Fidel Castaño. Y luego volvieron por ella. Pero no la encontraron, porque la noche anterior había arrancado, con dos hijas, un hijo y cuatro maletas. Hasta ese momento, Susana se había encargado de la casa pero le tocaba alimentar a su familia y comenzó a cultivar.

***

Echa la cabeza hacia atrás, cierra los ojos, repite un mantra perentorio:

—”Prefiero que me maten allá, no en Bogotá donde soy un NN” —dice, recuerda; y se frota la frente.

***

El cerco que ha tendido en torno a sí comienza en su ciclópeo recelo y termina en la avidez de quienes llegan a buscar algo que ella no quiere darles. Sufrió su primer atentado en el 95: los paramilitares entraron al colegio donde ella estaba terminando su bachillerato, le dispararon cinco veces y luego mataron a su acompañante. Susana duró tres meses en coma en una clínica de Cartagena.

La idea es que esta nueva asociación de despojados que representa Palencia pueda tener un puesto en la Mesa Nacional de Tierras, donde hasta ahora solo han participado miembros de la Anuc. Pero sentarse a hablar con el Gobierno —después de ocho años de que varias de las organizaciones de derechos humanos fueron estigmatizadas por el gobierno de Uribe— tiene su costo.

***

Palencia abre la puerta que da al patio y hace un gesto amplio hacia las plantas del jardín trasero.

—Todos nosotros tenemos dos puntos en común: todos somos reclamantes de tierras y bienes despojados, y todos apoyamos la ley de víctimas.

Señala un trozo de tierra. Como quien advierte acerca de los peligros de salir al mundo. De acercarse. De confiar.

***

Ahora dice:
—Vamos a almorzar.

Se pone un vestido verde, un sombrero de paja típico del campo bolivarense y se aferra a un bastón de madera que es pura decoración: no lo usa. Antes de salir señala una foto y dice:

—Esa es la Lina Palencia. Mi nieta. Siempre se las arreglaba para dejar callada a la abuela.

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