Opinión y crítica

Opinión | Optimismo en tiempos de pandemia; por Jesús Buelvas Pedroza

La peste, esa que era una fábula atractiva de una parte de la historia de la Edad Media, esa a la que nos remitían como ficción entretenida algunas obras literarias.

A lo largo de su existencia, la humanidad ha tenido tres grandes enemigos creados por ella misma debido al poco dominio que ha tenido de sus incontrolables ganas de poder, de su arraigado egoísmo y al alto nivel de autodestrucción que ser humanos parece que conlleva. Esos tres grandes enemigos son la guerra, el hambre y la peste. Tres opositores poderosos comentados, analizados y denunciados por filósofos, escritores e intelectuales de todas las épocas. Ya han estado presentes en diferentes momentos de nuestra historia con un factor en común; demostrar que el poder del que hace gala la humanidad nunca ha sido suficiente para superar la devastación de estos tres enemigos que parecen estar allí para controlarla, cuidándola de ella misma y reencaminándola hacia los derroteros que más le convienen en su carácter integrado con la naturaleza.

Estos tres enemigos han aparecido como facticidades en contubernio para azotar a la población mundial que ha podido llegar y recorrer lo que va de este siglo XXI. Que hubiese guerras en diferentes partes del mundo era para quienes habitaban en los lugares en donde no las había, una noticia lejana que generaba un poco de dolor traducido en los rabiosos comentarios de Facebook. Que hubiese hambre en otras partes del mundo diferentes a las que habitábamos (el hambre estaba incluso en el otro barrio de la ciudad, pero no te pertenecía porque no tocaba tu puerta) estaba tan normalizado que salíamos a llevarles mercaditos a esas personas hambrientas para tomarnos fotos con ellas y así al publicarlas aparecer como los grandes filántropos que, al saciar el hambre de otros por una tarde, alimentan su ego y calman su conciencia. Pero la peste a nivel de Pandemia es otra cosa.

Cuando un virus se extiende por el mundo conocido, cuando rebasa las fronteras, cuando se convierte en la noticia que habla de un enemigo próximo y que de manera paranoica se siente en el aire que respiras, haciéndote sentir totalmente inseguro ante él, la perspectiva, la visión de mundo de cada persona con cierto nivel de consciencia, cambia. Y esto es lo que nos está pasando en este momento. La peste, esa que era una fábula atractiva de una parte de la historia de la Edad Media, esa a la que nos remitían como ficción entretenida algunas obras literarias y el sensacionalismo del cine holliwoodiano, se hizo patente y está junto a sus dos aliados tocando en nuestra puerta.

Pero, a pesar del tenebroso cuadro antes descrito, no todo tiene que ser visto desde la mirada apocalíptica de los cristianos alarmistas y dogmáticos. Esos cuatro jinetes del apocalipsis no llegarán por estos tiempos. Estoy seguro de que la humanidad, la gran parte de ella que no será diezmada por la pandemia, tendrá una oportunidad para seguir haciendo lo correspondiente sobre la faz de la Tierra.

Ya Wuhan se está reactivando y seguro el gobierno chino tiene métodos efectivos para que su población no recaiga en manos del mortal virus que en esa ciudad vio su nacimiento. Esa gran parte de la humanidad sobreviviente que quedará atemorizada por un tiempo pero que luego tendrá que retomar su derrotero vital y que, siendo románticos, tal vez agudice la mirada para revisar, tendrá que aprovechar esta oportunidad para recomponer su camino a partir de la corrección que ameritan todas las debilidades que la actual sociedad humana tiene y que, sin duda alguna, han quedado en evidencia, gracias a la pandemia.

Son tantas las debilidades que seguro darán para muchos tratados filosóficos, médicos y económicos de escritores que se interesen a posteriori en tratar el tema. Yo solo pasaré revista a vuelo de pájaro sobre las que hasta ahora he inventariado como azotes de la región del mundo en que vivo y que por ello me resultan más cercanas.

En primer lugar, es evidente que esta parte del mundo llamada Latinoamérica tendrá que ser más cuidadosa al elegir sus próximos líderes y gobernantes. A la ineptitud que han demostrado para reaccionar en pro de la protección de sus pueblos, se le suma el hecho de que los gobernantes de hoy no han controlado el accionar de los corruptos que aprovechan para seguir pescando presupuestos en rio revuelto.

Queda claro que el corrupto es indolente y que seguirá siendo el mismo aun en tiempos de tragedia. Si los mandatarios no son hábiles, dejarán la puerta abierta para que los mandos medios y contratistas se rifen los dineros destinados al socorro de los más necesitados en estos pueblos macondianos en los que todavía la gente se confía al mesianismo propio de los pueblos colonizados bajo la egida del dios cristiano representada por esa cruz de una iglesia católica que no deja el oportunismo haciéndose cada vez más mediática e intentando recuperar así su injerencia politiquera.

En segundo lugar, es una verdad a gritos que se precisa crear economías más fuertes en esta región del mundo. Economías orientadas a aprovechar los recursos diversos e importantes que se siguen desperdiciando en estas tierras por incapacidad para decirle a los que se creen dueños del mundo que ya estuvo bueno de considerarnos su patio y su despensa. Una economía basada en los TLC en desigualdad de condiciones y en el extractivismo de las reservas petroleras no será la que dé una opción de futuro real y seguro para los habitantes de Latinoamérica.

La debilidad de las economías actuales es en gran parte la responsable de que las estrategias de control planteadas para la lucha en contra del virus tiendan a fracasar, pues por más inteligentes que parezcan, su efecto se ve reducido a causa de las necesidades generadas por la pobreza de una gran parte de la población que por no tener un empleo digno y bien remunerado se ve obligada a salir a rebuscarse para saciar su hambre mientras llegan las ayudas que le son destinadas por la caridad de los poderosos empresarios, de los gobiernos y de las estrellas de la farándula que ahora devuelven una mínima parte de lo que han obtenido de la gente a través de las estrategias del consumo y del capitalismo desmesurado no como derechos del pueblo, sino como actos de falsa filantropía disfrazada de donaciones y obras de beneficencia.

En tercer lugar, urge la reestructuración de los sistemas de salud de estos pueblos olvidados por Hipócrates y nada beneficiado por los poderes de Asclepio. Un sistema de salud que le da prioridad a la privatización de los recursos y los servicios médicos, como el buen neoliberalismo manda, siempre será insuficiente para combatir con efectividad la enfermedad y más aún si esta se presenta a manera de pandemia. Es evidente el fracaso de un sistema en el que imperan el egoísmo y la corrupción de las EPS, la existencia de clínicas privadas de garaje que no valoran a su personal médico y la endeble estructura de un sistema de salud público que vive de las limosnas en lugar de contar con un robusto presupuesto. Es claro que un sistema de salud así no va a contar con personal capacitado y en condiciones dignas; con una óptima dotación para no solo enfrentar al virus mortal sino para cuidar mínimamente ese valioso personal médico.

En medio de este panorama sombrío siempre queda una luz de esperanza, una razón para el optimismo. Así como después de la peste bubónica en la Edad Media apareció el Renacimiento, no existen razones para pensar que después del nuevo coronavirus en este mundo chambón y farandulero no vaya a pasar algo parecido. Yo quiero soñar un poco y creer que la humanidad no está tan ciega como para desperdiciar la oportunidad que la naturaleza y la vida le están mostrando desde ya. El coronavirus echó a un lado tantos temas cruciales que nos ocupaban.

Uno de ellos, el cambio climático. En relación con ello toca asumir que la naturaleza nos está enviando señales que todavía no estamos leyendo de la forma en que deberíamos hacerlo. El renacer de los paisajes y la proximidad de los animales a los territorios de los que habían sido desplazados por el hombre van más allá del simple espectáculo apreciado por nuestra mirada acostumbrada al show y la farándula. La naturaleza de la que hacemos parte y a la que se nos olvidó respetar, está hablando en muy buenos términos; nos invita a hacer un pare en esta carrera monstruosa en pos del dinero y al servicio irracional de la competitividad y el rendimiento; nos llama a recomponer nuestro camino, teniendo en cuenta que somos parte integral de ella y no sus dueños.

Ella puede y quiere darnos pistas para nuestra supervivencia en mejores condiciones. Está de parte nuestra escucharla. Es bien cierto que no podemos ni debemos desechar los adelantos que hemos obtenido en todos los campos hasta el momento. Pero es hora de hacer a un lado los cientificismos y las tendencias tecnocráticas que además de aislarnos y alienarnos, han adormecido en nosotros la sensibilidad y el humanismo que nos ayudarían a comprender mejor lo que nos pasa y lo que somos como seres capaces de practicar la otredad para con el mundo, para con el otro y para con uno mismo como la mejor forma de respeto. 

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